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Mon, Dec

“¿Es mi lugar de vacaciones favorito o es algo más que eso?...”

Carta de lectores
Tipografía

Alejandro Gaiera escribe sobre sus visitas como turista, y su sueño de poder continuar su actividad de Técnico Superior de Turismo en nuestra localidad.

 

Sr. Director:

A esta altura de mi vida, tras haberla visitado muchas veces y al haberse convertido en una pasión, suelo preguntarme que es realmente Villa la Angostura para mí. ¿Es solo mi lugar de vacaciones favorito o es algo más que eso?...A muchos turistas nos pasa que cuando visitamos VLA soñamos y fantaseamos con vivir algún día en este paraíso cordillerano, renunciando a la vida que llevamos en nuestro lugar de residencia habitual, con todo los sacrificios y riesgos que ello implica. 

El panorama que tiene hoy VLA respecto a las inmigraciones ha sido, a groso modo, el siguiente: algunos tuvieron la posibilidad de invertir en algún emprendimiento (ya sea de alojamiento, gastronómico o de otros servicios turísticos) y medianamente han podido tener éxito - a pesar de los altibajos propios de las temporadas, la situación económica del país, los impuestos o el desastre que produjo el volcán Puyehue - y la vigencia de éstos prestadores ha sido gracias al gran esmero que realizan día a día por brindar un servicio de calidad y por estudiar nuevas alternativas para mejorar. 

En otro orden, otros han venido a ejercer otras profesiones y oficios y, afortunadamente, también han encontrado su lugar en la villa. También hubo casos de personas que vinieron a vivir pero que han vuelto a mudarse: algunos por lo acontecido con el volcán y otros por diversos motivos.

Lo cierto es que muchos de los que hoy viven han sido turistas que alguna vez visitaron la villa y, al enamorarse de las bellezas paisajistas y del ritmo de vida característico, fue razón inmediata para proyectar una vida nueva. 

Estimo que la razón por la cual nos surge aquella fantasía de querer migrar a VLA es porque imaginamos que viviendo allí sentiríamos el mismo placer que cuando estamos en modo “turista”; cuando estamos en modo “turista” nos alojamos en acogedoras cabañas y allí contemplamos el calor del hogar a leña mientras el tiempo pasa mirando la visual que nos ofrece algún ventanal, mientras llueve, mientras nieva o mientras sucede un calmante atardecer; vamos a comer a restaurantes donde nos animamos a deleitar trucha, jabalí, ciervo o cordero, o comiendo permitidos y cantidades que en nuestro lugar de residencia están “prohibidos” o al menos las grandes cantidades.

Compramos chocolate regional, artesanías y visitamos las casas de té, donde valoramos - por muy buenas razones - una merienda como una gran experiencia, a tal punto que fotografiamos y/o filmamos lo que comemos y lo publicamos a través de las redes sociales. 

Cuando somos turistas tenemos tiempo, predisposición y ganas de recorrer los atractivos de la zona; nos animamos a hacer actividades que en nuestro lugar de residencia jamás hacemos, gastando en excursiones, alquilando caballos, bicis, esquíes, kayacs, cuatriciclos…

Y al momento de invertir en aquello no lo sentimos como un gran sacrificio para nuestra economía, no lo vemos como un gasto, sino como una inversión, un pasaporte a la felicidad, aunque ésta dure lo que dura una largada en canopy.

En síntesis, vivimos una experiencia fantástica, inolvidable y desbordante, un cuento maravilloso y encantado, pero que lamentablemente jamás podría perdurar hasta el fin de nuestra existencia, puesto a que estamos condicionados por las obligaciones y por el dinero. A mi particularmente me sucede que cuando tengo que hacer el check out no puedo aceptar el hecho de que tengo que volverme, pero simultáneamente siento una gran satisfacción por haber venido, ya que peor hubiese sido no haber podido venir. 

En ciertos momentos, en casa estamos pensando y proyectando una próxima vez, incluso con mucha antelación: programamos reservas, ahorramos dinero, coordinamos días de vacaciones… Es un ciclo. Me gusta que sea así: tener la posibilidad de volver todos los años o cada año de por medio, pues para mi viajar a VLA y estar la mayor cantidad de días posibles es una caricia para el alma. Mi pasión por VLA es tal que uno de los temas de conversación que más disfruto es lo vivido en mi último viaje y lo que tengo pensado hacer en el próximo.

Pero en esta instancia de mi vida ya no quiero que sea más así… Quiero ser parte de la villa, quiero ganarme una vida en ese lugar que, evidentemente, me gusta mucho y de verdad, con sus bellezas, con sus problemas, con sus dificultades, con sus ventajas y desventajas; con su realidad, absolutamente diferente a la que vivimos los turistas, la que solo los residentes conocen y viven diariamente. 

Desde hace muchos años que he intentado encontrar un trabajo en VLA y, desafortunadamente, aún no he tenido la oportunidad e insisto en esto: quiero trabajar, ganarme el pan de cada día y merecerme los logros tras haber pasado por sacrificios, los mismos que suelen hacer, tanto los “NyC” como los “VyQ”…

Al respecto, tengo algunas creencias o mitos que he construido, los cuales me hacen entender algunas razones por las cuáles aún no soy digno de habitar la villa. Son obstáculos que espero algún día superar, tras demostrar que tengo buenas intenciones y que puedo dar lo mejor de mí en el lugar de trabajo donde me tomen, quiero hacer cosas por el medio ambiente y también para la comunidad. A continuación, mi percepción de porque aún no me he ganado un puesto de trabajo que tanto anhelo:

1) Los angosturenses prefieren que la visitemos una temporada y no que la vallamos a “invadir” y/o a “superpoblar”. Ellos quieren evitar que se convierta en un Bariloche y son celosos de su patrimonio natural, el cual muchas veces se ve amenazado con la llegada de nuevos pobladores, quienes no tienen la cultura o la educación de cuidar el entorno que los rodea. Tomar a alguien de afuera podría significar arriesgar el entorno y sentirse responsables al traer gente que no valora lo local, lo autóctono; 

2) Los angosturenses consideran que la gente proveniente de las grandes ciudades no respetan al vecino o no son solidarios en la convivencia. De hecho, tengo entendido que muchos pobladores han llegado de otros puntos del país, haciendo que las costumbres y valores ya no sean los mismos que fueron hace un tiempo atrás. Estos fenómenos sociales, hacen cambiar el perfil original del pueblo;

3) Ante la llegada de nuevos pobladores, se ve amenazado la paz y tranquilidad que caracteriza a la villa. A mayor población, mayor ruido y, a veces, mayor delincuencia;

4) No me toman en los trabajos porque no cumplo con el requisito excluyente de estar viviendo en la villa… Además, porque no acredito experiencia ni conocimientos competentes en hotelería, gastronomía y en actividades outdoor. Más allá de que soy Técnico Superior en Turismo y Recreación, de que tengo conocimientos básicos en montañismo y de que conozco bastante bien a la villa (porque he recorrido en varias ocasiones a la mayoría de los senderos y atractivos), al no tener un título de guía, no me habilitaría, por ejemplo, a dirigir una excursión de trekking a las cascadas Santa Ana y Dora.

Y es lo mismo respecto al rubro hotelero y gastronómico, no tengo experiencia siquiera como bachero o como ayudante de cocina y jamás trabajé en ningún establecimiento hotelero, lo cual podría ser determinante a la hora de elegir entre una persona que si ha trabajado en el ámbito respecto del que no.

Se presume que la persona con experiencia trabajará mejor que la que no la tiene, o al menos, en principio, tendrá menos dificultades para realizar las tareas encomendadas. Las circunstancias del negocio y el ritmo de las temporadas altas hacen imperiosa la necesidad de que todo marche lo más ágil posible, y a veces eso implica tomar personal que contribuya mayormente con esos objetivos;

5) En los otros rubros laborales donde me postulé (administrativo, ventas) y me ofrecí no me tomaron porque no hay vacantes urgentes. Las que surjan serán cubiertas con gente local, pese a mi experiencia en dichos rubros. 

6) Muchos empleadores temen que si toman gente de “afuera” para trabajar, al cabo de unos meses éstos podrían renunciar al poco tiempo, ya sea por no poder adaptarse a la vida de la villa, o por haber conseguido otro trabajo mejor remunerado, puesto que los empleadores saben que la gente que está viviendo hace poco cambia permanentemente de trabajo en busca de mejores condiciones hasta lograr asentarse;

7) No he conseguido trabajo porque nunca me anime a irme a probar suerte hasta que salga algo. Si me doy a conocer y recorro la Villa podría llegar a tener más suerte que estando donde vivo actualmente;

7) Quizá las autoridades y los ciudadanos prefieran que vengan a vivir inversores que aporten su capital en algún emprendimiento que genere empleo, impuestos y que de alguna manera contribuya a activar el flujo económico de la villa.

Este conjunto de enunciados son las razones que hacen que el sueño de vivir allí esté aún muy distante, casi inalcanzable... Pero la intención que tengo con esta carta es provocar algún efecto en los lectores. De alguna manera deseo conmover a alguien con mi historia personal, para que me consideren una persona que se merece una oportunidad, por lo que soy, por como amo a este pueblo y por lo mucho que valoraría estar allí.

Quiero darles a conocer que si bien siempre fui un turista, conozco bien la otra “cara” de la villa: sus problemas relacionados con el frágil medioambiente, las obras públicas urgentes que precisan los barrios, el costo de vida, la rigurosidad del invierno, la dificultad para conseguir vivienda permanente, la falta de docentes en las escuelas, la carencia de algunos servicios de alta complejidad en el hospital, etc.

Me considero ser una persona consciente de lo que implicaría irme a vivir, sabiendo que no es el cuento de hada en el que nos introducimos cuando venimos como turistas, pero a pesar de todo ello estoy dispuesto a enfrentar los retos a los que haya que superar, porque para mí no es un precio que pagar, para mi es la oportunidad de comenzar otra vida con más fuerzas y entusiasmo; es brindarle la posibilidad a mi hija de que se crie en un pueblo hermoso y es, por supuesto, tener cerca los cerros que rodean al Nahuel Huapi, el lago y río Correntoso, el lago Espejo, las cascadas, y la ilusión de que cuando tenga tiempo libre, podré descubrir otros rincones que me llenarán el alma y que serán más motivos para quedarme. 

Me llamo Alejandro, tengo 35 años y soy un neuquino criado en Plottier. Por circunstancias de la vida tuve que mudarme a Mendoza, donde tuve a mi hija.

Desde entonces aquí ando, estudiando ofertas de trabajo, planificando, analizando, pero sobretodo, soñando… Solo queda despertar.

 

Alejandro Gaiera

D.N.I. 29.939.963

Mendoza

 

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