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Wed, Sep

Temporal de nieve y corte de ruta: “Es hora de darse cuenta, para pedir rendición de cuentas!”

Carta de lectores
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Luis García, vecino del barrio Epulafquen, expresa "si la Villa depende principalmente del turismo, y pretende atraer a los turistas, sus autoridades deben ofrecer servicios públicos e infraestructura eficientes y acordes a su dimensión".

 

Sr. Director:

A menudo pretendemos presentar a Villa la Angostura como una “Aldea de montaña”. La designación es atractiva porque une con tinte romántico una evocación de la naturaleza con una población que no la satura. Da la imagen de un equilibrio entre el ser humano y su ambiente. La percepción errada de un objeto es una ilusión.

Porque la Villa, que supo ser un caserío como el Paraje Correntoso, o una aldea con los asentamientos subsiguientes, aunque lo anhelásemos, ya no es una aldea sino una ciudad. Una aldea es una población o caserío que depende de un poblado mayor. Su producción se resume en la explotación de la naturaleza, o en la actividad agraria o pastoril.

De los originarios lotes pastoriles 9 a 17, que se corresponden aproximadamente a la superficie actual de la ciudad, sólo queda su calificativo, pues ellos han sido poblados y urbanizados paulatinamente y han perdido toda finalidad pastoril. Villa la Angostura tiene estatus de ciudad, tiene autonomía municipal, y según el censo de 2010 tenía una población de más de diez mil habitantes, y hoy probablemente algunos miles más. Su economía depende de modo crítico del turismo, una parte importante del comercio y la mayor parte de sus servicios están orientados al turismo.

En la información gráfica de la Villa que provee la Secretaría de Turismo se identifican más de ciento sesenta hoteles y hospedajes. En la página web de la Secretaría de turismo se publicitan más de cien locales gastronómicos. La producción artesanal y una parte importante de la industria de la construcción están también principalmente orientados al turismo. La Villa tiene una oferta variada de servicios turísticos tradicionales y de aventura y una estación de esquí de mediana envergadura que sólo es sustentable por el turismo. Frente a estos datos, llamar a la Villa “Aldea de montaña” es una ilusión engañosa.

Los hechos naturales son los únicos modificadores de la naturaleza cuando ésta se encuentra en su estado virgen y su flora y su fauna sobreviven bajo la ley de la adaptación. Cuando el ser humano se asienta es ineludible que modifique el ambiente natural, abre sendas y caminos, construye viviendas, y se procura el sustento de lo que la naturaleza le brinda, descarta los desechos, etc.

Los primeros asentamientos de pioneros están a merced de la naturaleza y son vulnerables a cualquier hecho natural, sea ordinario o extraordinario. Con el desarrollo de la población el ser humano se protege contra ciertos hechos ordinarios, tomando prevenciones e incluso modificando el ambiente natural: construye techos, tala árboles y abre sendas, cava canales, construye diques, etc.

Cuanto más crece la población más son las intervenciones del ser humano. Incluso desarrolla su técnica para prever y pronosticar probables hechos ordinarios como lluvias, nevadas, sequías, cambios de temperatura, e incluso algunos extraordinarios, como inundaciones, erupciones, deslaves, etc. Estos hechos no los puede evitar pero puede -en cierta medida- reducir daños y remediarlos.

En su hábitat el ser humano aprovecha de los frutos de la naturaleza, cultiva, pastorea, explota la madera y extrae ciertos minerales. Una aldea es un pequeño caserío en el que los habitantes se distribuyen esas explotaciones. 

Cuando las explotaciones no alcanzan para la subsistencia los habitantes de la aldea deben decidir entre la alternativa de migrar a otros lugares, o de diversificar sus actividades para que no se reduzcan a lo agropecuario o extractivo. En tiempos contemporáneos, prestar servicios a otros es un instrumento adecuado para asegurar la propia subsistencia. Pero para prestar servicios es presupuesto una razonable organización, un capital humano más amplio que el que integra un caserío, y una regulación adecuada para la permanencia en el tiempo. 

Dos hechos naturales: una nevada fuera de lo ordinario y un derrumbe sobre la única ruta que conecta a la Villa hacia el sur han puesto a sus habitantes en crisis. la primera ha dejado sin servicios de agua y electricidad a toda la población por varios días, en Puerto Manzano por dos semanas, y todavía está interrumpida la provisión de energía al centro de esquí de Cerro Bayo. El derrumbe bloqueó la única conexión vial con Bariloche, y su aeropuerto, y el bloqueo continúa.

En los dos periódicos digitales locales unas voces se alzaron contra las autoridades locales y provinciales, responsabilizándolas indiscriminadamente de las penurias, otras -engañadas por la ilusión de la “Aldea de montaña”- tomaron una actitud ora negacionista, ora auto complaciente, reprochando a los medios nacionales falta de objetividad en las crónicas, o incluso mala fe. En estas reacciones es notable el efecto psicológico de la ilusión.

A quienes dan cuenta de hechos objetivos se les reprocha no conocer la realidad de la Patagonia, se afirma que la vida es dura, que la naturaleza es implacable y que los habitantes están acostumbrados a lidiar con estas penurias, se sugiere que los turistas no tienen templanza cuando se quejan, critican, o -lo que es verdaderamente grave desde el punto económico- cancelan sus reservas. En síntesis, se pontifica que así se vive en una “Aldea de Montaña”.

La cuestión está fuera de su eje. No se trata de que los habitantes “estén acostumbrados a la vida dura de la Patagonia”. Los habitantes de una ciudad de la dimensión de Villa la Angostura tienen derecho a reclamar de las autoridades -municipales, provinciales y nacionales según sus respectivas competencias- una razonable planificación, previsión y provisión de servicios básicos, y además, un adecuado acceso a la información sobre cuestiones públicas. El “acostumbrarse” es una forma de resignación. Se trata de “prepararse” para los tiempos duros.

Pero además, si la Villa depende principalmente del turismo, y pretende atraer a los turistas, sus autoridades deben ofrecer servicios públicos e infraestructura eficientes y acordes a su dimensión.

De lo contrario, sólo debería promocionarse como de “turismo aventura”. Y los habitantes tienen derecho a reclamar a las autoridades, las que no pueden escudarse en dificultades financieras para el mantenimiento adecuado de las calles, la poda de los árboles riesgosos, el soterramiento de las líneas de distribución domiciliaria de electricidad, planes de contingencia para la provisión de agua, la interconexión a la red nacional de energía eléctrica, la provisión de un adecuado servicio de salud pública, la provisión de una adecuada infraestructura vial que la conecte con el resto del territorio nacional, y su restablecimiento en caso de bloqueo, etc. 

Sus habitantes tienen también deberes, tales como ajustarse a las normas de policía sobre seguridad, salubridad e higiene, ajustarse a las leyes laborales, y contribuir financieramente al funcionamiento de las instituciones locales, provinciales y nacionales mediante el pago de tasas y tributos.

Como habitantes tienen responsabilidad por el financiamiento de la cosa pública y no deben ser condescendientes con la informalidad, la evasión y la clandestinidad de otros. Y deben rechazar la fácil respuesta de las autoridades competentes que alegan estrecheces financieras.

Éstas tienen el deber de informar periódicamente cuáles han sido sus recursos financieros, su aplicación, las razones de retrasos de ejecución de obras presupuestadas y la incidencia de la inflación por causa de los retrasos, el modo en que controlan el cumplimiento de las normas de policía sobre seguridad, salubridad e higiene, el modo en que se combate la informalidad laboral, el índice de morosidad en el pago de tasas, el modo en que se controla o previene la evasión impositiva provincial y nacional, etc. 

Podemos seguir con la vista nublada por la ensoñación de la “Aldea de montaña” y no hacer nada de esto, ni exigir programas racionales de infraestructura ni planes de prevención y remediación de daños, pero corremos el riesgo de que los turistas dejen de venir, que los habitantes comiencen a irse, y que terminemos como una “Aldea fantasma”, tal vez como Epecuén.

Es hora de darse cuenta, para pedir rendición de cuentas!

Luis M. García
DNI 13.410.464
Barrio Epulafquen

 

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