Diversos documentos oficiales confirmaban la existencia de esta “ciudad de oro”, aunque no podían precisar el lugar exacto. La “Reina” Poya “Huageluen” le aseguró a Mascardi que era cierto y que sabía dónde estaba, y por eso el jesuita llegó en 1670 al “Gran Lago” devolviéndole su libertad y estableciendo la Misión “Nahuelhuapi” (1670-1717). Escribe Yayo de Mendieta.
La actual Patagonia Argentina esconde numerosas historias dignas del asombro. Tal vez la más sorprendente es la Ciudad de los Césares o Ciudad Encantada; leyenda que, increíblemente, se mantuvo vigente por más de dos siglos.
Sobre fines del siglo XVI esta fábula tenía la consistencia de una realidad indiscutible a tal punto que Reyes, Gobernadores, religiosos, aventureros, militares y diversas autoridades de varios países organizaban, una y otra vez, importantes expediciones para dar con los “hombres de Arguello” y, sobre todo, poder hallar las famosas riquezas que allí se encontraban.
Esta particular leyenda tendría un espacio importante en la vida del inquieto y explorador sacerdote italiano quien, en 1670, funda la Misión “Nahuelhuapi” en la actual península Huemul al traer de regreso a la esposa del cacique Poya, “Huageluen”, quien le había asegurado que sabía de la existencia de esta ciudad y que lo orientaría para poder encontrarla.
Los gobernantes, militares, piratas y aventureros buscaban las riquezas de esta población de los hombres de Arguello; en cambio este jesuita mantenía un fin más noble: llevarles la palabra de la fe cristiana. Numerosos relatos mencionaban que ésta ciudad “tenían una gran cruz, pero no Padres que le dieran la palabra de Dios, por haber muerto de ancianos los que habían”.
Recibió nombres por demás pintorescos como: “La Ciudad Encantada”, “Lin Lin”, “Trapalanda”, “lo de César” o “Los Césares”. Finalmente prevaleció la denominación más difundida a la fecha: “La Ciudad de los Césares”.
Podría asegurarse que la historia nace con la expedición de Gutiérrez Vargas de Carabajal, Obispo de Plasencia, cuyos barcos llegaron el 12 de enero de 1540 frente al cabo Vírgenes. El 20 de enero enfilaron hacia el Estrecho. Sin embargo, nada resultaría fácil para estos audaces marinos pues la nave capitaneada por Francisco de la Rivera naufragó, alcanzando la orilla 150 soldados, 30 aventureros, 48 marineros artilleros y grumetes y 13 mujeres casadas. Otro barco, al mando de Gonzalo de Alvarado (había participado de la expedición de Pedro de Mendoza) navegó por otro estrecho (más tarde denominado de “Le Maire”), invernó seis meses en puerto Las Zorras y regresó a España.
El barco de Francisco de Camargo logró atravesar el Estrecho de Magallanes siendo el primero en navegar un nuevo canal (hoy denominado “Canal de Beagle”) al sur de la isla de Tierra del Fuego, y el primero en avistar la isla grande de Chiloé. Llegó hasta el Perú donde su Capitán perdió la vida.

En 1570 fueron encontrados por la guardia fronteriza, dos marineros, cerca de la región donde hoy se encuentra la ciudad de Concepción (Chile). Eran los únicos sobrevivientes de los ciento cincuenta náufragos de la nave capitana de la armada del Obispo de Plasencia. Ellos eran Pedro de Oviedo y Antonio de Cobos, quienes relataron en detalle la historia de un naufragio y su penosa supervivencia durante años, en un lento camino bordeando la cordillera, hacia el norte buscando una colonia española. Fueron ellos quienes dieron extraordinarios detalles sobre una ciudad de fabulosas riquezas, con un nivel de vida envidiable en sus pobladores. Imponentes construcciones de gran lujo y belleza, con materiales como plata y oro predominando en todas las edificaciones.
Según su relato llegaron a un lugar de extrema belleza donde habitaban incas huidos del Cuzco. Se trataba de una ciudad situada a orillas de un gran lago, tan extenso, que: ”se necesitaban más de dos días para recorrerlo”. Insistían en la abundancia de oro y plata; estos minerales se encontraban en tanta cantidad que se utilizaba para todo tipo de elementos, como muebles, vajillas, puertas, techos, y hasta utensilios menores de cocina.

Su prosperidad, según la leyenda, asombraba a todos los visitantes. Sobre el origen del nombre: La Ciudad de los Cesares existen varias versiones. La primera que correspondería por el Emperador César Carlos V, pues a los náufragos del Estrecho de Magallanes se los llamó “césares”; también se le atribuye a la historia del Capitán Francisco Cesar -venido con Sebastián Gaboto- a cuyos soldados se los denominó de igual manera: “césares”. Estos sobre, fines de 1528, formaron un destacamento de 15 soldados para reconocer la región. Meses después, los pocos que regresaron con vida, informaron sobra la existencia de una ciudad tan rica como no hay otra. En la crónicas (1621) que redactara Ruy Díaz Guzmán amplía sobre este hecho “…entró [refiere al Destacamento] en una Provincia muy rica en oro y plata, que tenían mucha cantidad de ganados y carneros de la tierra de cuya lana fabricaban gran suma de ropa bien tejida”. Estos naturales obedecían a un “Gran Señor” que los gobernaba […y cuando César y sus compañeros después de larga estadía] le pidieron licencia para volverse, la cual el Señor les concedió liberalmente, dándole muchas piezas de oro y plata”.
Existió la idea de que algunos incas pudieran haber huido de las huestes del conquistador Almagro, hacia el sur, reforzado en la versión que los habitantes de esta ciudad encantada eran indios, sin embargo, con el paso del tiempo, los hechos contribuyeron a pensar que bien podían ser españoles.
Sin duda, una gran fábula producto de la exaltación y la imaginación de la época, que dio origen a decenas de expediciones en busca de ese paraíso con tal cúmulo de riquezas.
Simultáneamente, la leyenda se multiplicaba en boca de numerosos “testigos” que relataban en detalle sus vivencias. Fueron numerosas las expediciones que se organizaron, recorriendo cientos de kilómetros sobre una geografía difícil, sin ninguna señal positiva. Según estos mismos relatos, que extrañamente coincidían, con personas que no se conocían entre sí, se la ubicaba sobre la Cordillera de los Andes, más bien sobre la costa del Océano Atlántico. Otra de las versiones, muy reiterada, la ubicaba sobre la costa de un gran lago, que se creía era el Nahuel Huapi.
Esta hipótesis ampliaba las expectativas del reino de España que creía que América era un inmenso yacimiento de metales y piedras preciosas. Además de la concebida misión de poblar comarcas, ganarlas para la fe católica y abrir la navegación al Perú, no se olvidaba el mandato real que especificaba claramente que “de todo el oro y plata, piedras o perlas que se hubiere en batalla o en entrada de pueblo, o por el rescate de indios, o de minas, se haya de pagar el quinto de ello…”.
Basta recordar el documento que expresa: “Cesar es una ciudad encantada. No es dado a ningún viajero describirla, aún cuando la ande pisando. Una niebla espesa se interpone siempre entre ella y el viajero, y la corriente de los ríos que la bañan fluye para alejar las embarcaciones que se aproximan demasiado a ella. Sólo al fin del mundo se hará visible, para convencer a los incrédulos que dudaron de su existencia. El pavimento de la ciudad es de oro y plata macizos. Una gran cruz de oro corona la torre de la iglesia. La campana que ésta posee es de tales dimensiones que debajo de ella pueden instalarse cómodamente dos mesas de zapatería, con todos sus útiles y herramientas. Si esta campana llegara a tocar, su tañido se oiría en el mundo entero. El que una vez ha entrado en la ciudad pierde el recuerdo del camino que a ella le condujo, y no se le permite salir sino a condición de no revelar a nadie el secreto, y de regresar cuanto antes a ella…”
También es importante el informe del gobernador de Tucumán Ramírez de Velasco donde se puede leer: “…hay gran suma de indios poblados en pueblos grandes junto a la laguna y a un río, y que todos andan vestidos y gente de razón y que tratan con oro y plata y hacen sus sementerías y cojen mucha comida y que tiene muchos carneros de la tierra de los que se sirven para llevar cargas, y que también se sirven de otros animales que dicen que son mayores que los dichos carneros (…), y la tierra donde están, parte de ella, es llana y parte fragosa, y que tienen lanzas con que pelean y que tienen jarros de plata y de oro con que beben de hechura de cubiletes y otras piezas de plata (…) y que también dicen que tiene esmeraldas porque les fue mostrada una y dijeron ser como ella y que las esmeraldas las traen las mujeres de dichos indios carcillos engastonadas en oro y plata y que tienen en mucho. (…), y dicen esta gente que son españoles y que andan por allí perdidos, y que son muchos y que hace mucho tiempo que están perdidos y que estos españoles están vestidos como indios y que tienen una espadas viejas de hierro sin bayna, y que tienen barbas largas, y están revueltos con los naturales y casados con indias de la tierra y que tienen hijos…”.
No deja de ser particular la cartografía de época donde, en un mapa de 1618, podemos leer al oeste de la Cordillera hacia el sur, la denominación Provincia de los Césares, y próximo a un gran lago el siguiente texto que acentúa la realidad de los relatos: “Alrededor de estas lagunas hay muchas poblaciones de Indios que se llaman Césares”.

Un importante Memorial redactado por Silvestre Antonio de Roxas, con fecha 18 de mayo de 1716, el cual se encuentra autorizado por Don Francisco Catejón, Secretario de Su Majestad en la Junta de Guerra del Perú para remitirla al Presidente de Chile por orden del Rey.
En este documento Silvestre de Roxas describe su viaje y asegura “desde dicho valle, costeando el río, a las seis leguas se llega a un portezuela, a donde vienen los Césares españoles que habitan de la otra banda, con sus embarcaciones pequeñas (por no tener otras), a comerciar con los indios. Tres leguas más abajo está el paso por donde se vadea el río a caballo en tiempo de cuaresma, que lo demás del año viene muy crecido. En la otra banda de este río grande está la ciudad de los Césares españoles, que es un llano poblado, más a lo largo que al cuadro, al modo de la planta de Buenos Aires. Tienen hermosos edificios de templos y casas de piedra labrada y bien techadas al modo de España; en las más altas de ellas tienen indios para su servicio y de sus haciendas. Los indios son cristianos que han sido reducidos por los dichos españoles. A las partes del norte y poniente, tienen la cordillera nevada donde trabajan muchos minerales de oro y plata, y también cobre, por el sud-oeste y poniente hacia la Cordillera sus campos, con estancias de muchos ganados mayores y menores, y muchas chacras, donde recogen con abundancia granos y hortalizas, adornadas de cedros, álamos, naranjos, robles y palmas, con muchedumbre de frutas muy sabrosas. Carecen de vino y aceite porque no han tenido plantas para viñas y olivares. A la parte sur, como a dos leguas, está la mar que los proveen de pescado y marisco. El temperamento es el mejor de todas las Indias; tan sano y fresco que la gente muere de puro vejez. No se conocen allí las más de las enfermedades que hay en otras partes, sólo faltan españoles para poblar y desentrañas tanta riqueza. Nadie debe creer exageración lo que se refiere, por ser la pura verdad, como que lo anduve y toqué con mis manos”.
Este explorador, quien decía haber estado en la Ciudad Encantada, se había embarcado en 1714 en la ciudad de Buenos Aires en uno de los navíos de Don José Ibarra
En un detallado análisis que realiza el historiador jesuita José Sánchez Labrador en su obra Paraguay Cathólico. Los indios Pampas, Tehuelches y Patagones escrita a fines del siglo XVIII, nos manifiesta sus serias dudas sobre su existencia, aunque tampoco asegura, y es justo resaltarlo, que sea sólo una leyenda.
En su obra escribe que “en un punto tan poco averiguado y que solamente estriba en relaciones de hombres andariegos, que se dan por testigos oculares de los Césares, no fuera de extrañar, que se desterrase [refiere a la leyenda] al país de las fábulas su existencia”.
“Pero dejando esto aparte quiero solamente poner aquí las noticias, que los Misioneros Jesuitas del Paraguay han podido adquirir. Cinco años vivieron entre los indios Puelches en la Serranía del Volcán los Misioneros, en este tiempo trataron con indios de todas las naciones y parcialidades australes, particularmente con los que están más al Sur, que son los Tehuelches o Patagones. Deseosos estos indios de informarse de lo que oían decir había en la tierra del Volcán [o sur de la Provincia de Buenos Aires] con el arribo de los misioneros jesuitas, venían muchas veces a ver a los Padres, no solamente los Patagones de a caballo, que son los que habitan de la banda de acá del Río de los Sauces [o Río Negro], sino también los de a pie, que viven desde la otra banda del Río de los Sauces hasta el Estrecho de Magallanes. Vinieron caciques, e indios del mismo Estrecho, que se quedaron en compañía de los Padres Misioneros del Volcán más de dos años. Si algunos deben tener noticias de la Ciudad de los Césares (el lugar de cuya situación hasta ahora no se sabe a punto fijo, por más testigos que se alegan de su existencia) han de ser dichos Tehuelches. Estos vaguean y registran todas las tierras de la costa, que desde el Volcán [o sur de Buenos Aires] corre hasta acabarse en el Estrecho de Magallanes. No hay duda, que en las tierras intermedias del Volcán y del Estrecho se debe de encontrar dicha Ciudad de los Césares, si las hay, o ha habido en este mundo”.
Continúa el Padre Sánchez Labrador “ahora, preguntado los Misioneros a los indios dichos sobre esta población de españoles, responden que hay tal ciudad de gente blanca, que de lejos han visto a sus habitadores, que también les vieron encender el fuego, y algunos añaden que les habían visto enlazar vacas. No se atreven los Patagones a ir y acercarse a la ciudad, porque dicen que les tienen a los blancos de ella grande miedo. El año de 1751 habiendo los Misioneros enviado de embajador a los Tehuelches un cristiano, indio de razón, llegó a sus tierras, y habló a los caciques en orden a abrazar la fe de Jesucristo, y que se resolviesen a vivir con los Padres que la enseñaban. Entre otros asuntos tocaron el de la Ciudad de los Césares, y un cacique principal dijo: Yo no entiendo porque los Padres no nos quieren creer, cuando les decimos que aquí hay una población de los españoles, siendo así que nosotros la hemos visto, y si tu quieres, dijeron al indio cristiano, nosotros te llevamos a verla para que la certifiques, y des noticia de lo que hubieres visto a los Padres. No quiso el cristiano tomar el trabajo del viaje, porque desebaba venir cuanto antes a su casa.”
Este jesuita, cuya opinión era sumamente considerada en todos los ámbitos, agrega que: “los que quieren meterse a astrónomos o adivinos dicen que la dicha ciudad de los Césares, está situada entre el Río Colorado, y el de los Sauces [hoy Río Negro]. Según esto vendría a caer desde los 42 hasta los 44 grados de latitud austral. Añaden esos mismos con la misma certidumbre, que en el país en que está fundada hay una grande isla muy cerca de tierra, y en que la tal isla está la ciudad, y los españoles sin dudas, que lo harán para no ser sorprendidos de los infieles Patagones. Esto dicen los indios, y los que hacen hincapié en sus relaciones vagas y mal forjadas. Hace fuerza para no creer la existencia de dicha ciudad, que siendo los indios tan andariegos, y como gitanos propensos al comercio y trato, no se hayan jamás comunicado con aquella jentes teniéndolas tan cerca, y en su propio país, siendo así, que vienen a Buenos Aires, viaje de más de doscientas leguas a comerciar con los españoles, cuyo color blanco ni las aterra, ni los ahuyenta. También temen a los españoles de Buenos Aires, pero los indios saben distinguir los tiempos de paz y de guerra, para fiarse de los españoles en unos, y cautelarse en otros. Más los mismos Césares viéndose en aquel desamparo, procurarían tomar lengua de los indios, y por su medio tener noticia de las ciudades españolas en Chile y Buenos Aires, y con poco trabajo en un viaje de salir de estrecheses y miserias. Sabemos de muchos náufragos, que en estas mismas costas se perdieron, y buscaron como salir a tierras de españoles por la parte de Chiloé, y Chile”.
Opina sobre los orígenes de esta leyenda que “los Misioneros, que han tomado mejor que ningún otro el pulso a los genios noveleros de los indios australes, se inclinan a creer que ello han salido la historieta de la población de la gente blanca en las costas Magallánicas. Para apoyar estas sospechas se valen de tres principios bastantemente convincentes en materia tan oscura. El primero se toma de parte de los hechiceros: éstos entre las patrañas que refieren en sus fingidos arrobos, una es, que ven lo que no ven ni hay en la naturaleza de las cosas. Con esto hacen valer su grande poder y su profunda sabiduría. Fingió, pues, alguno de ellos que fue al mar, o que le vio en sus éxtasis, al cual llaman en su idioma Laguna grande; diría, que en esta laguna veía una población de gente blanca; y los demás creyeron sin cespitar, como les dan un ciego ascenso en otras ficciones. Las mismas visiones tienen todos los indios, que no son hechiceros en sus borracheras: el aguardiente, y la chicha los hace visionarios a maravilla. Pudo ser, y es otro principio, que muchos de estos indios que todo lo andan, y se llegan a pescar a la orilla del mar, viesen en algunas ocasiones navíos que se habían recogido en el puerto de San Julián, en el Deseado, o en otro de la costa, o por los malos tiempos para montar el cabo de Hornos, o por otros frangentes ordinarios en estos mares furiosos. Efectivamente han recalado en dichos parajes varias veces naves inglesas y holandesas. A éstas, pues, tendrían los indios por la población de los Césares o gente blanca”.
“Habrá sucedido muchas veces, y es el tercer principio, que algunos australes, incorporados con los Aucaes y Araucanos, o llevados de su genio andariego llegaron a avistar la ciudad de Valdivia, o alguna otra población española de la costa de Chile, como La Imperial. Y en este supuesto decían con razón, que habían visto una población de gente blanca. Esto nada tiene que ver con la ciudad de los Césares, pero los españoles con poco examen de las palabras de los indios, se imaginaron dicha ciudad, que acaso no ha tenido más existencia que en la región de los entes de la razón. Y ¿no pudo también ser que entre los indios australes pasase de padres a hijos el establecimiento de los españoles en sus costas, y que en lo que su principio fue realidad…? “.
En 1584, catorce años después de la fabulosa historia relatada por los marineros, un nuevo emprendimiento naviero bajo las órdenes del Estado Español volvió a correr la misma suerte que la misión anterior. Por lo pronto las costas patagónicas habían sido reconocidas pero no colonizadas. Felipe II tomó entonces precauciones para asegurar la posesión sobre el Estrecho de Magallanes.
Felipe II fue para España el más importante y a la vez el más nacionalista de todos los soberanos de la casa de Austria, que la gobernaron durante dos siglos. La suya fue la época de la hegemonía española. Intervino personalmente en todos los asuntos del reino, considerando a sus secretarios como simples consejeros, porque centralizó en sí mismo el gobierno. Sin embargo demostró un gran respeto por las leyes y por el bienestar de sus súbditos, no vacilando por ejemplo, en desheredar a su propio hijo Carlos cuando se convenció de que era incapaz de cumplir con sus funciones de rey. Aunque era muy trabajador, tardaba tanto en tomar decisiones que los trámites de gobierno se atrasaban muchas veces en perjuicio de sus intereses. Su espíritu taciturno le llevó a aislarse en el palacio de El Escorial. Dos ideas bien definidas caracterizaron su gobierno: absolutismo en materia política, y catolicismo en religión.
Este mismo monarca español creó la Provincia del Estrecho, y nombró como gobernador a Pedro Sarmiento de Gamboa.
Este militar español, de fuerte personalidad, tenía una destacada carrera por su desempeño en el Ejército y la Marina, habiendo ocupado diversos cargos. Contaba con una excelente preparación y nivel cultural, prueba de ello son sus relatos, cartas y la Historia de los Incas. Sin embargo, sufrió de no pocos inconvenientes con la Inquisición a causa de su apego a la astrología y las ciencias ocultas, pero por encima de esa faceta de su personalidad se le conocía como buen cristiano y hombre de confiar.
Partió entonces la expedición del puerto de Callao, un 25 de septiembre de 1581, con veintitrés barcos y más de tres mil personas -algunas versiones aseguran que eran cerca de cuatro mil- entre marinos, soldados, colonos, treinta mujeres y veintitrés niños. Pedro Sarmiento de Gamboa tenía la orden oficial, además de ocupar su puesto como Gobernador del Estrecho, de verificar la extraña desaparición de las naves mencionadas y comprobar lo relatado por los numerosos rumores que afirmaban la existencia de una ciudad llena de oro y plata, al cual mejor recuerdo de los tesoros Incas.
Viajaban además, Alonso de Sotomayor como futuro Gobernador de Chile y Diego Flores de Valdez como Jefe de la Expedición.
El gobierno español decidió, simultáneamente, la construcción de dos colonias que respondieran a la Corona.
El viaje resultó ser una verdadera pesadilla: al poco tiempo de zarpar un fuerte temporal hace zozobrar cinco barcos y mueren ochocientos hombres. En diciembre del mismo año reinicia la marcha desde Cádiz perdiendo otros ciento cincuenta y un tripulantes a causa de una peste que se desata al cruzar el océano. Doscientos más mueren en Río de Janeiro. En 1853 zarpa lo que queda de la flota de Gamboa: las naves “Santa María de Castro”, “Santa Catalina”, “Trinidad”, “Magdalena” y “María de Villaviciosa”. Esta última tampoco llegará a destino, pues naufraga en alta mar y se llevará al fondo del océano a 538 personas, incluyendo mujeres y niños.
El primer día de febrero de 1584, Pedro Sarmiento de Gamboa, llega al Estrecho. Tres días después desembarcan en la segunda angostura: el Gobernador Andrés de Viedma, Pedro Iñiguez, los frailes Jerónimo de Montoya y Antonio Rodríguez, 116 soldados, 48 marineros, 58 colonos, 27 obreros, 13 mujeres y 10 niños.
El lector puede imaginarse las precarias condiciones en que viajaban estos hombres procedentes de Europa y que, no sin poco coraje, emprendían decididos el viaje hasta estas lejanas latitudes. No menos llamativo era el esfuerzo que debían realizar aquellas mujeres que se embarcaban en semejante travesía, a la luz de las comodidades actuales, en un ejercicio que la imaginación apenas puede concebir. Estos minúsculos galeones a vela tenían fecha de partida, pero jamás de llegada. Por otra parte, nadie a bordo sabía con certeza cual era su destino. Estos galeones no disponían de luz, ni calefacción. Sin refrigeración para conservar alimentos, se transportaban animales vivos, sacrificándolos a medida que se necesitaba carne para consumo. No tenían baño, y el agua dulce a menudo era tan escasa que se racionaba no obstante lagos períodos de sed. Las mujeres viajaban sin intimada alguna, y a veces hasta parían en tan difícil ámbito de convivencia.
Tras este accidentado periplo (sólo llegaron con vida poco más de trescientos tripulantes) se dio cumplimiento a lo ordenado, al fundar una nueva ciudad a la que denominaron: Nombre de Jesús, ubicada a media legua de Cabo de Vírgenes -en la boca oriental- en el Valle de las Fuentes, la cual fue fundada el 11 de febrero de 1584. La otra Real Felipe, se fundó el 25 de marzo del mismo año, en una caleta de Bahía Buena, al norte de Punta Santa, próxima a la actual ciudad de Magallanes. habitantes éstos de la actual Patagonia Argentina.
Yayo de Mendieta
(De su libro “La Misión Nahuelhuapi 1670-1717”)
Villa la Angostura
- Video explicativo de la Misión Nahuelhuapi” (1670-1717)



