Cabalgata solidaria en la cordillera neuquina: cuando la vocación rompe el aislamiento

En una jornada que quedará grabada en la memoria de quienes la protagonizaron y de quienes recibieron la visita, personal del Destacamento Policial de Manzano Amargo, junto con un agente sanitario de la sala local, emprendieron un extenso y desafiante recorrido a caballo por la cordillera neuquina. El objetivo era tan claro como noble: llegar hasta los parajes más alejados, donde el aislamiento es parte de la vida cotidiana, para brindar atención médica, contención y, sobre todo, compañía.

La partida se concretó a las 8:30 horas, bajo un cielo invernal y un aire frío que calaba los huesos. El Oficial Inspector Méndez Daniel, el Sargento Ayudante González Mariano y el agente sanitario Lihue Sprumont montaron sus caballos y emprendieron el camino hacia Piche Ñire, Vega Tres Teros, El Huemul y Costa Varvarco. Durante once horas, atravesaron 35 kilómetros de senderos montañosos, nieve endurecida y pasos de difícil acceso. El esfuerzo físico fue enorme, pero ninguno de ellos expresó queja alguna: la vocación de servicio era su motor.

Tras cuatro horas de cabalgata, llegaron a El Huemul, donde los esperaban —o quizás los sorprendieron— Juan Pablo Morales, de 75 años, y su hija Hilda Mariela, de 40. Allí compartieron charlas sencillas, miradas sinceras y el alivio de saberse acompañados en medio de la soledad.

El itinerario continuó hacia el puesto de invernada de Atiliano Vázquez y María Antonia Yáñez, ambos de 61 años, quienes recibieron con gratitud la visita. Más adelante, el equipo llegó hasta la vivienda de José del Tránsito Retamal, de 74 años, que se encontraba junto a su vecino, César Francisco Morales, de 60.

En cada encuentro, el agente sanitario Lihue Sprumont se ocupó de controlar los parámetros vitales, entregar medicación adaptada a las necesidades particulares y ofrecer orientación sobre cuidados básicos de salud. Con el respaldo del sistema de historia clínica digital ANDES, pudo acceder a información precisa para garantizar una atención segura y personalizada.

Sin embargo, el mayor valor de esta misión no se limitó a la asistencia médica. Lo más profundo y conmovedor fue lo intangible: la emoción de los pobladores al confirmar que no están olvidados, que alguien se acuerda de ellos y que su bienestar importa tanto como el de cualquier habitante de la provincia. Cada saludo, cada apretón de manos y cada palabra de agradecimiento fueron un recordatorio de que la solidaridad no entiende de distancias ni de climas adversos.

El regreso al destacamento se produjo a las 19:30 horas, con el cansancio reflejado en los cuerpos pero también con la satisfacción dibujada en los rostros. En las alforjas, no sólo llevaban el recuerdo de la jornada, sino la certeza de que, en cada visita, se refuerza un lazo invisible que une a quienes viven en la inmensidad patagónica con quienes, montados a caballo, recorren kilómetros para decirles: no están solos.

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