Esa epopeya —largamente olvidada y a menudo mal documentada— constituye uno de los capítulos más fascinantes de la historia ambiental argentina. Es también un recordatorio de la enorme responsabilidad que implica cuidar un recurso que nació del esfuerzo visionario de otros, y que no está garantizado para siempre.
Un país que soñaba con poblar sus aguas
A finales del siglo XIX, la Argentina experimentaba un fuerte impulso modernizador. En ese contexto surgió la idea de introducir especies deportivas de alto valor para enriquecer los ambientes acuáticos del sur. Aunque la importación de fauna exótica no siempre fue controlada ni registrada adecuadamente, en el caso de los salmónidos existió un proyecto oficial concreto, acompañado por científicos y técnicos de renombre.
Los pescadores que hoy disfrutan de las truchas patagónicas quizás pocas veces piensan en la magnitud del desafío: traer embriones desde Estados Unidos o Europa, llevarlos en barcos frigoríficos, atravesar el territorio en carreta y mantenerlos vivos hasta su siembra. Una verdadera hazaña logística.
Moreno y Lahille: los primeros visionarios
El primero en concebir formalmente la posibilidad de traer salmónidos al país habría sido Francisco Pascasio Moreno, el Perito Moreno. Así lo relató el Dr. Pedro H. Bruno Videla, una de las máximas autoridades argentinas en piscicultura durante la primera mitad del siglo XX.
El propio Bruno Videla había escuchado esta idea de boca del Dr. Fernando Lahille, el zoólogo francés contratado en 1892 por el Gobierno a instancias de Moreno para realizar estudios previos sobre la viabilidad de introducir peces exóticos. Lahille recorrió arduamente la cuenca del Limay y elaboró en 1900 un informe clave que confirmaba el potencial de los lagos patagónicos para albergar truchas y salmones.
La misión Titcomb y la elección del primer sitio de incubación
En 1903, el Ministerio de Agricultura contrató a John Titcomb, reconocido técnico de la División de Piscicultura de Estados Unidos, para evaluar la región y colaborar con las primeras importaciones.
Titcomb viajó a caballo y en carreta por Neuquén y Río Negro, inspeccionó ríos, manantiales y lagos, y eligió los puntos donde debían instalarse las bateas de alevinaje. Aquí se abre una interesante polémica histórica: la versión oficial ubicaba el primer sitio en el Manantial de Molina, en Bariloche. Pero Bruno Videla —en base al testimonio directo de un ayudante en 1936— describió con precisión otro lugar inicial: El primer contacto de una trucha con aguas argentinas habría ocurrido en un pequeño ojo de agua ubicado aguas abajo del antiguo puente sobre el Limay, pocos kilómetros después de su nacimiento en el Nahuel Huapi.
Desde allí, las instalaciones improvisadas se trasladaron luego al Manantial de Molina y, años más tarde, a un nuevo vivero en el arroyo Cascada, camino a Bahía López.
1904: llegan las primeras ovas a la Argentina
El 19 de enero de 1904, el técnico Ernesto Tulián zarpó desde Nueva York con un cargamento inédito para el país. Tras una travesía de casi dos meses en un barco frigorífico que pasó por Inglaterra —porque no existían líneas directas— llegó a Buenos Aires el 4 de marzo de 1904 con:
-
102.000 ovas de trucha de arroyo (Salvelinus fontinalis)
-
53.000 ovas de trucha de lago (Cristovomer namaycush)
-
50.000 ovas de salmón encerrado (Salmo salar sebago)
-
1.000.000 de ovas de whitefish (Coregonus clupeaformis)
El desafío recién comenzaba: había que llevarlas vivas hasta Bariloche, en pleno verano y a través de territorios inhóspitos. Las ovas viajaron en carreta más de 50 días y, sorprendentemente, la mortalidad fue apenas del 10%.
Los primeros destinos de los alevinos fueron el Lago Nahuel Huapi, Lago Traful, Lago Espejo y Lago Gutiérrez
Los whitefish fueron sembrados solo en el Nahuel Huapi. Aunque hubo apariciones aisladas, nunca lograron establecerse.
Nuevas remesas, fracasos y aprendizajes
Como toda empresa pionera, la introducción de salmónidos tuvo aciertos y tropiezos: Segunda importación (1904) fracaso por calor, fue así como un cargamento de ovas de arco iris y steelhead eclosionó prematuramente en alta mar, cerca de Brasil. Hubo que sembrarlas improvisadamente entre Bariloche y General Roca.
En la tercera importación (1905) hubo avances y nuevas pérdidas. Tulián regresó con un nuevo lote: fontinalis, trucha de lago, salmón encerrado, arco iris y salmón quinnat. Este último se perdió totalmente. Parte del cargamento se llevó a Córdoba, donde el clima impidió su supervivencia.
1906: llega la trucha marrón
Desde Europa llegó la especie que luego sería una de las más emblemáticas de la Patagonia: la marrón (Salmo trutta).
1907: el primer desove sudamericano
En el vivero de Bariloche se obtuvo el primer desove de salmónidos en Sudamérica, a partir de fontinalis de la importación original de 1904.
Chile y el espejo patagónico
Mientras Argentina avanzaba, Chile también realizaba sus primeras experiencias. Desde 1890 hubo intentos aislados, pero fue recién entre 1903 y 1912 cuando el país trasandino consolidó su piscicultura. Muchos de los salmónidos que hoy pueblan Tierra del Fuego y algunas cuencas argentinas provienen, o pudieron provenir, de movimientos naturales o siembras coordinadas desde Chile.
Hoy la pesca deportiva en el sur chileno es de renombre mundial, y la salmonicultura comercial es una de sus industrias más fuertes.
Más allá de la Patagonia: Córdoba, Tucumán y Tierra del Fuego
Los salmónidos no quedaron restringidos al sur. También se introdujeron en: Córdoba donde nació una verdadera cultura de la siembra, mantenida por generaciones de pescadores, Tucumán hacia 1916 las truchas arco iris ya estaban adaptadas en los cursos de la ladera oriental del Aconquija.
Tierra del Fuego: Antes de 1930 no había truchas en la isla. Su pionero fue John Goodall, quien entre 1935 y 1937 realizó siembras fundamentales —muchas provenientes de Bariloche— incluyendo arco iris, fontinalis, salmón encerrado y trucha marrón. El resto es historia: hoy Tierra del Fuego es uno de los destinos de pesca más prestigiosos del planeta.
Un recurso deportivo, turístico y cultural que debemos cuidar
La pesca deportiva es hoy una actividad económica, turística y cultural fundamental para la Patagonia y gran parte del país. Pero nada de eso existiría sin la visión de científicos, funcionarios y aventureros que apostaron a un sueño que ellos mismos nunca llegarían a disfrutar plenamente.
Recordar esta historia es también una advertencia: las truchas no “estuvieron siempre aquí”, ni su futuro está garantizado.
Su presencia depende del cuidado del ambiente, del cumplimiento de las regulaciones y de una cultura de responsabilidad que honre aquella epopeya inicial.
Guillermo Keller
Bibliografía:
• “Los Salmónidos de Tierra del Fuego” Dr. Pedro H. Bruno Videla -1978- Publicación del II Congreso Nacional de Conservacionismo y Pesca Deportiva. Pág. 123 a 159.
• “Origen y Desarrollo de los Salmónidos en la Argentina” folleto de la Secretaría de Turismo de la Nación reproducido por Boletín Mosquero de la Asociación Argentina de Pesca con Mosca, Invierno de 1995.
• Artículo “La Piscicultura en la Argentina” de Caras y Caretas Nro 919, del 13 de mayo de 1916.
• “Hablemos de Truchas”, Polo Bardin, Ed. Achala 1981. espinozaf. Artículo extraído del portal Ríos Claros Portal Mosquero



