Cuando los jesuitas Nicolás Mascardi y Felipe de la Laguna llegaron al Nahuel Huapi en el siglo XVII para evangelizar a las comunidades poyas y puelches, se encontraron con una realidad espiritual profundamente arraigada. Entre los principales desafíos de la Misión Nahuelhuapi estuvo la influencia de las machis, mujeres respetadas y temidas por su conocimiento medicinal, su vínculo con el mundo espiritual y el enorme poder que ejercían sobre las comunidades indígenas de la región. Escribe Yayo de Mendieta.
La historia, tan increíble como desconocida, de la Misión Nahuelhuapi que fuera fundada por el sacerdote jesuita Nicolás Mascardi en 1670 sobre las costas del lago Nahuel Huapi, no puede comprenderse sin conocer el papel que desempeñaban las machis dentro de las comunidades poyas y puelches que habitaban la región del “gran lago” separadas por el “desaguadero” (río Limay).
Para los misioneros europeos, aquellas mujeres representaban uno de los mayores obstáculos para la expansión del cristianismo. Sin embargo, para los pueblos originarios eran figuras centrales de la vida comunitaria, depositarias de saberes ancestrales y mediadoras entre el mundo terrenal y el espiritual.
Las machis eran consideradas mujeres de conocimiento. A través de sueños, visiones y experiencias espirituales, creían recibir señales que las convertían en intermediarias entre su pueblo y las fuerzas sobrenaturales. Una vez reconocidas como tales, recibían enseñanzas de las machis más ancianas y adquirían los conocimientos necesarios para desempeñar su función dentro de la comunidad.
Su tarea principal consistía en sanar enfermedades, interpretar señales y expulsar los espíritus malignos que, según las creencias de la época, provocaban dolencias o desgracias. Según dejaron reflejados los jesuitas en sus informes, habitualmente vivían apartadas unos cincuenta metros del resto de la comunidad y gozaban de un enorme respeto. En su mayoría eran mujeres que dejaban crecer su cabello y sus uñas como signo distintivo de su condición espiritual.
Durante su permanencia en la misión, tanto Nicolás Mascardi como quienes continuaron su obra observaron con atención la influencia que estas mujeres ejercían sobre los habitantes del Nahuel Huapi.
El padre Diego de Rosales y posteriormente el padre Miguel Olivares describieron aspectos de la vida de los pueblos originarios de la región. Este último destacó la importancia de la caza y los recursos obtenidos de los guanacos y choiques al señalar que “tanto poyas y puelches cojen la carne para su alimento, i de ellos sacan las piedras bezares que se estiman mucho como es notorio”.
La referencia a las llamadas piedras bezoares resulta particularmente significativa. Se trataba de concreciones minerales halladas en el aparato digestivo de ciertos animales, principalmente guanacos, llamas y vicuñas. Las machis atribuían a estas piedras extraordinarias propiedades curativas y las utilizaban dentro de sus prácticas medicinales.
La creencia en sus poderes trascendía ampliamente las fronteras de la Patagonia. Desde tiempos remotos, las piedras bezoares eran valoradas en Europa y Asia como poderosos antídotos contra venenos y enfermedades.
El médico sevillano Nicolás Monardes publicó en 1574 su célebre obra Historia Medicinal de las cosas que se traen de Nuestras Indias Occidentales que sirven en Medicina, donde dedicó extensos capítulos a describir las supuestas virtudes de estas piedras.
Entre las propiedades que les atribuía señalaba que “aprovecha mucho esta piedra en tristeza i melancolías. Su Majestad el Emperador Carlos V, que sea en gloria, la tomaba muchas veces para este efecto”.
El mismo autor sostenía además que “a muchos he visto harto apretados de congojas i desmayos, i con melancolía, que tomando peso de tres gramos de esta piedra con agua de lengua de buei, han fácilmente sanados”.
Su fama alcanzó niveles extraordinarios. En algunos países europeos se pagaban verdaderas fortunas por una sola pieza. Existen registros de un bezoar proveniente de un puercoespín que un comerciante judío de Ámsterdam pretendía vender por la suma de 2.000 escudos, una cifra exorbitante para la época.
Sin embargo, más allá de las prácticas medicinales, lo que más preocupaba a los jesuitas era la influencia espiritual de las machis sobre las comunidades indígenas.
El padre Felipe de la Laguna, uno de los sacerdotes que trabajó en la misión del Nahuel Huapi tras el asesinato de Mascardi (1674), dejó un extenso testimonio sobre esta situación: “lo que ha quedado en algunos, aún después de cristianos, es el uso del arte de magia y hechicerías a que se dan algunos viejos y viejas, que son entre los demás respetados y temidos por el mal que les puedan hacer con sus encantos y uso de veneno, de que viven siempre con gran recelo; y así, cayendo un indio enfermo, luego piensa que le han hecho mal y entra en sospecha de que en tal bebida o comida le dieron las yerbas ponzoñosas para matarle”.
Más adelante, el sacerdote describía la labor de las machis como curanderas y sanadoras dentro de la comunidad: “y los machis, que son los curanderos o médicos, es muy ordinario atribuir a esto el achaque y enfermedad del doliente, haciendo notables demostraciones de esto en las curas que hacen con su yerbas, que son muy eficaces contra venenos, y suelen hacer que a vista de los ojos lo lancen por la boca, en esta o en la otra cosa en que se le dieron, o hacen demostración de sacárselo del estómago”.
Desde la perspectiva religiosa de la época, Felipe de la Laguna interpretaba estas prácticas como manifestaciones vinculadas a fuerzas sobrenaturales contrarias al cristianismo.
“Lo cual tengo para mí que muchas veces lo obran también por arte del demonio, porque algunos de estos machis tienen fama y opinión de hechiceros”.
El jesuita señalaba además que las comunidades indígenas atribuían a estos personajes la capacidad de provocar tormentas, sequías o lluvias, lo que incrementaba aún más el respeto y el temor que despertaban.
“Los cuales se venden por hombres que tienen trato con el demonio y que le consultan y reciben de él sus oráculos y respuestas; y así suelen amenazar con tempestades, truenos, lluvias o secas, y de hecho se suelen ver algunos efectos de estas amenazas”.
Pese a sus críticas, el propio jesuita reconocía que los pueblos originarios poseían una concepción espiritual compleja y una noción de trascendencia después de la muerte.
“Aunque estos indios generalmente no adoran ídolos ni les fabrican templos, ni tienen claro conocimiento del verdadero Dios Creador de nuestros cielos y tierra, con todo eso muestran en muchas de sus costumbres que no son ateístas, sino que tienen algún conocimiento, aunque imperfecto y confuso, de alguna deidad que después de esta vida premia y castiga en la otra”.
En ese contexto cultural, espiritual y social profundamente arraigado, la tarea evangelizadora de los jesuitas estuvo lejos de ser sencilla. La Misión Nahuelhuapi se transformó durante casi medio siglo en un punto de encuentro entre dos cosmovisiones completamente diferentes.
Nicolás Mascardi primero (1670) y Felipe de la Laguna después (1702) intentaron acercar el cristianismo a los pueblos de la región, pero debieron convivir con la enorme influencia que las machis ejercían sobre las comunidades poyas y puelches.
Aquellas mujeres sabias, guardianas de conocimientos ancestrales y respetadas por generaciones, fueron protagonistas silenciosas de uno de los capítulos más fascinantes de la historia del Nahuel Huapi, donde la espiritualidad indígena y la evangelización jesuítica convivieron, se enfrentaron y dejaron una huella imborrable en la Patagonia.
Yayo de Mendieta
De su libro “La Misión Nahuelhuapi 1670-1717”
Villa la Angostura



