Segismundo Guell, el jesuita que quiso refundar la “Misión Nahuelhuapi” y fue expulsado por orden del Papa

Las iglesias que construyeron los jesuitas en Chiloé aún hoy se mantienen en pie y fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad.

Un viaje realizado en 1766 buscó restablecer la histórica misión ubicada en la península Huemul y que fundara Nicolás Mascardi en 1670, sin embargo, la expulsión de los jesuitas ordenada por la Corona española frustró definitivamente el proyecto. Escribe Yayo de Mendieta.

La historia de la región del Nahuel Huapi suele recordar a figuras como el padre Nicolás Mascardi, Felipe de la Laguna, Juan José Guillelmo o fray Francisco Menéndez, protagonistas de las expediciones evangelizadoras y exploratorias que unieron Chiloé con la Patagonia durante los siglos XVII y XVIII. Sin embargo, existe otro nombre que permaneció prácticamente olvidado durante más de dos siglos y cuya participación pudo haber cambiado el rumbo de la presencia jesuítica en la zona: el jesuita Segismundo Guell.

Fue él quien, en 1766, emprendió uno de los últimos intentos por restablecer la antigua Misión Nahuel Huapi, instalada décadas antes en la península Huemul, sobre la costa norte del lago. Su expedición se produjo casi veinticinco años antes de los célebres viajes de fray Francisco Menéndez y representó el esfuerzo más serio por recuperar aquel enclave religioso abandonado desde comienzos del siglo XVIII.

Aunque nunca logró llegar al lago, el sacerdote recorrió durante cinco meses y medio los antiguos senderos que comunicaban Chiloé con la cordillera, documentó minuciosamente la geografía del territorio y dejó un testimonio considerado hoy una de las descripciones más completas del sur chileno y de los accesos al Nahuel Huapi existentes antes de la independencia.

Un documento olvidado durante más de dos siglos

La historia de Guell permaneció prácticamente desconocida hasta que el historiador jesuita Walter Hanisch encontró, en 1970, una carta manuscrita del sacerdote en el Archivo de la Compañía de Jesús, en Roma.

Doce años después publicó esa investigación en el libro “La isla de Chiloé, capitana de rutas australes”, editado en Santiago de Chile en 1982, una obra considerada de referencia para comprender las expediciones jesuíticas hacia la Patagonia.

La portada del libro ya refleja el enfoque de la investigación: el mapa está orientado desde la perspectiva chilota, con el este ubicado en la parte superior. Allí aparece claramente identificado el “Lago Naguelhuapi”, mostrando la estrecha relación geográfica que históricamente existía entre Chiloé y el actual sur de la provincia de Neuquén.

Hanisch explica que los misioneros jesuitas no solo exploraban nuevos territorios, sino que además registraban cuidadosamente sus recorridos en diarios de viaje, informes al gobierno y memorias personales. Sin embargo, gran parte de esa documentación desapareció con el paso del tiempo.

El caso de Guell fue una excepción.

En la carta hallada en Roma, el propio sacerdote explica por qué decidió escribir su relato: “Ya que llegamos aquí, quiero poner con la brevedad que puedo el viaje que yo mismo hice el año 1766 y 1767, que no dejará de divertir al curioso lector.”

Ese documento permitió reconstruir una de las expediciones menos conocidas de la historia regional.

El proyecto de refundar la Misión Nahuel Huapi

Segismundo Guell había llegado hacia 1764 al archipiélago de Chiloé para integrarse a las misiones jesuíticas.  Su primer destino fue la misión de Cailín, en el sudeste del archipiélago. Posteriormente participó de la denominada “misión circular”, un sistema mediante el cual los sacerdotes recorrían periódicamente las numerosas capillas distribuidas entre las islas chilotas.

Pero el desafío más importante de su carrera llegaría poco después.

 * Nota vinculada:  Reseña histórica de lo que fue la misión jesuítica “Nahuelhuapi”

Las autoridades de la Compañía de Jesús, junto con el gobernador de Chiloé y la Junta de Poblaciones, impulsaban un viejo proyecto: recuperar la histórica Misión Nahuel Huapi, destruida décadas antes tras el levantamiento de un grupo de Puelches que provocó la muerte del padre Nicolás Mascardi y el posterior abandono definitivo del establecimiento religioso luego del asesinato de los jesuitas Juan José Guillelmo y Felipe de la Laguna.

La intención era reinstalar una presencia permanente en la península Huemul, desde donde se retomaría la evangelización de los pueblos Poyas y Puelches y se restablecería el vínculo entre Chiloé y la región del Nahuel Huapi.

Guell fue elegido para encabezar aquella empresa.

Una travesía extremadamente difícil

El misionero partió desde Castro hacia fines de 1766. El recorrido demandó cinco meses y medio atravesando algunos de los ambientes más complejos del sur andino.

Los antiguos senderos prácticamente habían desaparecido. Durante más de sesenta años nadie había utilizado regularmente aquellos pasos.  Los terremotos, los deslizamientos, las lluvias permanentes, la vegetación y los bosques habían borrado gran parte del camino.

Foto: La Residencia o Colegio de Castro, en Chiloé, desde donde venían los jesuitas hasta el Nahuel Huapi

Walter Hanisch señala que Guell conocía las dos rutas históricas utilizadas para llegar al Nahuel Huapi. Una era el denominado camino de las lagunas, mientras que la otra era el camino de las caballerías, conocido posteriormente como el Camino de los Vuriloches.

El sacerdote intentó reconocer ambos itinerarios durante la expedición. Aunque no consiguió alcanzar el lago, logró identificar prácticamente todos los accidentes geográficos de la zona.

Según Hanisch, ese conocimiento resulta sorprendente para la época y demuestra que Guell poseía una comprensión muy precisa del territorio.

Un relato lleno de detalles

Uno de los aspectos más destacados de la expedición fue la calidad del relato que dejó el propio jesuita. Walter Hanisch considera que su descripción “nada tiene que envidiar” a las posteriores narraciones de Francisco Menéndez o del piloto José de Moraleda.

Incluso sostiene que, en algunos aspectos, resulta más completa.

En uno de los pasajes más conocidos, Guell describe las enormes dificultades del camino: “Desde entonces, ya más de sesenta años, no se pasaba por aquel camino tal cual lo había antiguamente; quedó con terremotos, lluvias y años tan borrado como hemos visto y tan difícil como se sabe, no dando ni los bosques ni la laguna comida alguna; todos los bosques pantanosos y llenos de horrorosas cordilleras, bien que todas cubiertas de nieve arriba y abajo montuosas.”

Pese al enorme esfuerzo realizado, el sacerdote no perdió el entusiasmo.

Al finalizar el recorrido escribió: “Llegué a Chacao a los cinco meses y medio de haber salido, esperando en Castro que pasase el invierno para ir a perfeccionar la obra de la conversión de aquellos desdichados indios… Dios quiera que en la primavera que viene se anuncie el Evangelio a aquellos infelices del Nahuelhuapi.”

Nunca pudo cumplir ese deseo.

La expulsión que cambió la historia

Mientras Guell preparaba una nueva expedición para completar el viaje, la situación política del Imperio Español dio un giro inesperado.

El rey Carlos III decidió expulsar a la Compañía de Jesús de todos los territorios españoles. La orden llegó desde Buenos Aires el 7 de agosto de 1767 y fue trasladada secretamente a través de la cordillera por un correo extraordinario.

Foto: Un dibujo de época refleja la violencia con que fueron expulsados los misioneros jesuitas.

El 26 de agosto, a las tres de la madrugada, las autoridades coloniales arrestaron simultáneamente a todos los jesuitas que residían en Chile.

Los religiosos fueron reunidos en una habitación, se les leyó el decreto real y quedaron inmediatamente incomunicados mientras funcionarios comenzaban el inventario de sus bienes, bibliotecas y pertenencias.

Los jesuitas de Santiago fueron trasladados a Valparaíso. Desde allí comenzó un largo exilio.

Algunos fueron enviados directamente a Cádiz, en España, mientras otros fueron embarcados hacia el Callao, en Perú, para luego continuar viaje hacia Europa por distintas rutas marítimas.

Según los estudios de Walter Hanisch, fueron expulsados aproximadamente 360 jesuitas que trabajaban en Chile. Entre ellos había 233 sacerdotes, 76 hermanos coadjutores, 40 estudiantes, 11 novicios y otros 20 religiosos recién llegados desde España. Nueve lograron escapar, diez fallecieron antes del destierro y otros trece murieron durante el viaje hacia Europa. Tres permanecieron en Lima debido a graves problemas de salud.

El último jesuita en abandonar Chile fue el hermano José Zeitler, quien permaneció cuatro años más por ser el único boticario capacitado del Colegio Máximo de Santiago.

Un legado que sirvió para futuras expediciones

Segismundo Guell terminó sus días en la ciudad italiana de Imola. Nunca regresó a América. Sin embargo, su trabajo no fue en vano.

Walter Hanisch sostiene que los datos recogidos durante aquella expedición fueron conocidos por otros miembros de la orden y utilizados posteriormente por fray Francisco Menéndez cuando emprendió sus viajes al Nahuel Huapi a partir de 1791.

Paradójicamente, quien logró concretar el regreso al lago aprovechó buena parte del conocimiento reunido por un sacerdote cuya historia permaneció casi olvidada.

Hoy, mientras los nombres de Mascardi, Guillelmo o Felipe de la Laguna forman parte de la geografía del Parque Nacional Nahuel Huapi, Segismundo Guell continúa siendo uno de los grandes protagonistas desconocidos de la historia regional.

Su intento de refundar la Misión Nahuel Huapi en la península Huemul quedó inconcluso por una decisión política tomada a miles de kilómetros de distancia, pero su viaje constituye uno de los testimonios más valiosos sobre los antiguos caminos que unían Chiloé con el Nahuel Huapi y sobre el último gran proyecto jesuítico para restablecer su presencia en el corazón de la Patagonia.

Yayo de Mendieta

de su libro “La Misión Nahuelhuapi 1670-1717”

Villa la Angostura 

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