Antes de que existiera Neuquén, la fe ya había echado raíces en Villa La Angostura

El jesuita Juan José Guillelmo -que sabía cinco idiomas- le enseñó durante 12 años a los Poyas y Puelches a leer y escribir en español.

Mucho antes de la fundación de Villa La Angostura, los jesuitas levantaron a orillas del Nahuel Huapi una misión que llegó a reunir a numerosas familias -unas doscientas personas- contó con iglesia, escuela, biblioteca y cultivos, sin olvidar que mantuvo comunicación con el primer correo permanente que existió con Chiloé, Osorno, Valdivia y Europa. Escribe Yayo de Mendieta.

Villa La Angostura dejó hace tiempo de ser aquella pequeña “Aldea de Montaña”. Su acelerado crecimiento demográfico y urbano la convirtió en una ciudad que supera los 20.000 habitantes, con una economía estrechamente relacionada con el turismo y, en los últimos años, con una fuerte expansión de la construcción.

Sus montañas, bosques y lagos atraen cada temporada a miles de visitantes argentinos y extranjeros. Sin embargo, detrás de ese paisaje reconocido internacionalmente existe otra riqueza mucho menos difundida: una historia de más de tres siglos y medio que permitiría considerar a este lugar como una verdadera “Cuna de la Fe” de Neuquén y de la Patagonia.

Se trata de acontecimientos ocurridos cuando la Argentina todavía no existía como Nación y cuando atravesar la cordillera significaba internarse durante semanas por territorios prácticamente desconocidos para los europeos.

En ese escenario se desarrolló la Misión Nahuelhuapi, vinculada principalmente con los jesuitas Nicolás Mascardi, Felipe de la Laguna, Juan José Guillelmo y Francisco de Elguea. La experiencia misionera tuvo distintas etapas desde el siglo XVII hasta su trágico final en 1717.

La historia adquiere además renovada importancia a partir de iniciativas como el Camino de la Fe Neuquino, un recorrido de más de 800 kilómetros que incorpora a Villa La Angostura y recupera, entre otros acontecimientos religiosos de la provincia, la presencia de los jesuitas y la antigua Misión Nahuelhuapi.

Una iglesia permanente a orillas del “Gran Lago”

Uno de los acontecimientos más relevantes fue la construcción de una iglesia católica estable en territorio patagónico.

La iglesia de la Misión Nahuelhuapi tuvo que ser reconstruida en diferentes oportunidades como consecuencia de los conflictos que atravesaron a la misión. La última construcción contó incluso con carpinteros y madera trasladados desde Chiloé.

Aquella experiencia terminó violentamente en noviembre de 1717, cuando la misión fue destruida.

Los conflictos no fueron exclusivamente religiosos. Las epidemias que golpearon duramente a las poblaciones originarias alimentaron la resistencia contra los misioneros. Dentro de determinadas comunidades se asociaba la llegada de los extranjeros y de la imagen religiosa con enfermedades desconocidas que estaban provocando numerosas muertes.

La Virgen que terminó llevando el nombre del Nahuel Huapi

Uno de los símbolos centrales de aquella historia es la imagen que con el paso del tiempo sería conocida como Nuestra Señora del Nahuel Huapi.

La imagen fue enviada desde Perú durante el período del virrey Conde de Lemos como reconocimiento a la tarea que desarrollaba Nicolás Mascardi.

En 1671 fue entronizada bajo la advocación de Nuestra Señora de los Poyas. Décadas después, durante la nueva etapa de la misión iniciada por Felipe de la Laguna, comenzó a ser denominada Nuestra Señora de los Poyas y los Puelches, en un intento de integrar bajo una misma advocación a los distintos pueblos de la región.

Finalmente prevaleció el nombre de Nuestra Señora del Nahuel Huapi, denominación que atravesó los siglos y continúa vigente.

La historia de aquella imagen constituye uno de los elementos fundamentales para reconstruir el pasado religioso de la región y explica por qué la antigua misión no debería ser considerada simplemente un episodio aislado de la evangelización, sino uno de los primeros centros religiosos estables del interior patagónico.

Una escuela hace más de tres siglos

La misión no se limitaba a las prácticas religiosas. Durante su segunda etapa, especialmente entre 1702 y 1717, se desarrolló una actividad educativa permanente.

Los jesuitas Felipe de la Laguna y Juan José Guillelmo enseñaban catecismo, lectura y escritura a integrantes de las comunidades que permanecían vinculadas con el establecimiento.

De esta manera, a orillas del Nahuel Huapi funcionó hace más de tres siglos una rudimentaria escuela en momentos en que no existían ciudades ni estructuras estatales en esta región.

Un poblado que llegó a reunir a unas 200 personas

Los documentos dejados por los propios misioneros permiten reconstruir una misión mucho más compleja que una simple capilla perdida en medio de la cordillera.

En su período de mayor desarrollo, Nahuelhuapi habría reunido alrededor de 200 habitantes, entre indígenas vinculados con la misión y religiosos.

El asentamiento contaba con iglesia, viviendas para familias, dependencias para los sacerdotes, corrales, galpones y espacios destinados a las diferentes actividades productivas.

También habría existido una biblioteca de extraordinarias dimensiones para semejante lugar y época, integrada por alrededor de 300 libros enviados desde Europa.

Todo aquello ocurría a miles de kilómetros de los principales centros coloniales y con enormes dificultades para trasladar personas, materiales y correspondencia.

Los “Campos de Dios”

Otro aspecto poco conocido fue la organización productiva impulsada por los jesuitas.

En los llamados “Campos de Dios” se cultivaban principalmente trigo y maíz. La producción tenía carácter comunitario y parte de las cosechas era distribuida entre quienes integraban la misión, mientras las familias podían mantener también sus propios cultivos.

Los escritos de la época describieron con admiración los campos cultivados junto al “Gran Lago”, demostrando que la misión buscaba establecer un asentamiento permanente y autosuficiente y no solamente un puesto destinado a visitas religiosas esporádicas.

Un extraordinario sistema de comunicaciones

La presencia jesuita también estableció una extensa red de comunicaciones entre el Nahuel Huapi, Chiloé, Valdivia y, finalmente, Europa.

La correspondencia recorría enormes distancias. Los mensajes partían desde la zona de la misión y atravesaban la cordillera para conectarse con los centros religiosos y administrativos del otro lado de los Andes.

Una carta podía necesitar varios meses para llegar a Europa y otro período similar para que regresara una respuesta.

Esta red permitía que lo ocurrido en un remoto asentamiento del Nahuel Huapi fuera conocido por las autoridades de la Compañía de Jesús y de la Iglesia en Europa.

Fondos enviados para sostener la misión

La importancia que adquirió Nahuelhuapi quedó reflejada también en los recursos destinados a sostenerla.

La misión recibió fondos para garantizar su continuidad y materiales para mejorar sus construcciones. Entre los aportes mencionados en la documentación histórica figuran 2.000 pesos anuales y 500 tablas de alerce, además del envío de carpinteros desde Chiloé.

Uno de los episodios más dramáticos de esa logística tuvo como protagonista al padre Gaspar López, encargado de trasladar recursos desde Valdivia.

El retraso del barco que llevaba el dinero hizo que el regreso coincidiera con el invierno. López emprendió igualmente el cruce de la cordillera en condiciones extremas, con una enorme acumulación de nieve. Logró llegar a Nahuelhuapi, pero murió posteriormente como consecuencia del deterioro sufrido durante la travesía.

Ovejas, vacas y los primeros manzanos

La misión tuvo además una dimensión productiva que dejó profundas transformaciones en la región.

Con los jesuitas llegaron animales domésticos y especies vegetales que posteriormente pasarían a formar parte del paisaje y de la economía patagónica.

Entre ellos estuvieron ovejas y ganado vacuno, cuya reproducción fue extendiéndose posteriormente hacia otros sectores

Yayo de Mendieta

Villa la Angostura

 

 

 

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