Vinculada a la montaña y al esquí desde pequeña, Claudia encontró en el esquí adaptado una actividad que transformó su manera de vivir y enseñar este deporte. Desde Cerro Bayo, trabaja para que personas con diferentes discapacidades puedan acceder a las pistas, disfrutar de la nieve y compartir la experiencia junto a sus familias.
Para Claudia Aguirrezavala, la montaña forma parte de su vida desde siempre. Nació en Bariloche, creció vinculada a la nieve y aprendió a esquiar desde muy pequeña. Sin embargo, hubo una experiencia que cambió su manera de entender este deporte: descubrir que también podía enseñar a esquiar a personas con discapacidad.
El punto de partida fue en 2009, cuando la escuela de esquí de Cerro Bayo, recibió un curso de iniciación orientado al esquí adaptado.
“Ahí descubrimos todos que realmente era algo que queríamos hacer en nuestra montaña, en nuestra comunidad, para que viniera toda la gente que quisiera acceder”, recordó Aguirrezavala.
Desde entonces comenzó un camino de capacitación que permitió formar instructores y desarrollar una actividad que actualmente posibilita que personas con diferentes condiciones puedan disfrutar de la nieve.
Una nueva manera de enseñar y vivir la montaña
A pesar de haber pasado gran parte de su vida esquiando, Claudia reconoció que hasta aquel momento nunca había tenido la oportunidad de enseñar a una persona con discapacidad.
“Yo soy nacida en Bariloche y criada ahí, así que esquío desde muy chica. Viví en la montaña toda mi vida, pero no había tenido la oportunidad de dar una clase a una persona con discapacidad”, contó.
Con la puesta en marcha de la propuesta comenzaron a aparecer nuevos alumnos. Para Aguirrezavala, una de las razones por las que anteriormente muchas personas no llegaban a la montaña era, precisamente, porque desconocían que existían condiciones de accesibilidad.
“Cuando nosotros abrimos las puertas a esto, empezamos a trabajar y nos dimos cuenta de que lo que vive una persona con discapacidad y lo que disfruta de la montaña es totalmente distinto. Es realmente muy gratificante”, afirmó.
El desafío de adaptar el esquí
La tarea requiere capacitación, acompañamiento y equipamiento específico. Cerro Bayo cuenta actualmente con una flota de equipos adaptados que fue creciendo mediante donaciones y distintas iniciativas para recaudar fondos.

Aguirrezavala explicó que los elementos necesarios no se fabrican en Argentina y tienen costos elevados. La Fundación Desafío Bariloche fue una de las primeras instituciones en aportar equipamiento y posteriormente se sumaron particulares y el propio centro de esquí.
Pero para la instructora, la inclusión no consiste solamente en disponer de los equipos adecuados. El objetivo es que cada alumno pueda experimentar la montaña de la manera más amplia posible.
“En Cerro Bayo no hay pistas especiales. Una persona tiene que poder estar en todas las pistas. Nosotros tenemos la posibilidad de llevar a nuestros alumnos a cualquier pista”, destacó.
“Primero somos personas”
Esa concepción atraviesa la forma en que Aguirrezavala desarrolla su actividad.
“Una persona con discapacidad sabe que, primero, somos personas. Podemos o no tener una dificultad, pero somos personas”, sostuvo.
El trabajo comprende distintas situaciones. Personas con discapacidades motrices, visuales o auditivas pueden practicar esquí mediante diferentes técnicas de adaptación y acompañamiento.
En el caso de una persona ciega, por ejemplo, un instructor guía acompaña el descenso y anticipa mediante indicaciones lo que encontrará en la pista. También se utilizan pecheras para que los demás esquiadores puedan identificar la situación.
“No ven, pero escuchan, y a partir de ahí somos guías, les vamos marcando la pista. Entonces ellos esquían y son totalmente independientes”, explicó.
Una experiencia que también transforma a las familias
Para Claudia, uno de los aspectos más importantes de su actividad aparece cuando observa lo que sucede con las familias de sus alumnos.
Muchas veces, explicó, una persona con discapacidad llega acompañada por cuatro o cinco integrantes de su familia, que encuentran la posibilidad de compartir una actividad que anteriormente podía parecerles inaccesible.
“Es una actividad que hacen todos en familia, en vez de quedarse en el hotel o que el niño quede con una niñera o un cuidador. Vienen y pueden esquiar. Y eso es algo que no tiene precio”, señaló.
Incluso hay chicos que, según relató, esperan durante todo el año el momento de regresar a la nieve.
“No solamente les hace bien físicamente, les hace bien al espíritu, les hace bien al alma”, expresó Aguirrezavala.
Así, lo que comenzó con una capacitación en 2009 terminó convirtiéndose para Claudia en una actividad que une su historia personal con la montaña y una manera diferente de enseñar el deporte.
Mientras Cerro Bayo transita los últimos días de la temporada, Aguirrezavala continúa trabajando para que la nieve pueda ser una experiencia compartida, independientemente de las capacidades de cada persona.



