En 1926, cuando Villa La Angostura todavía no existía oficialmente como localidad, don Guillermo Meier y su familia se vinculaban al histórico Hotel Correntoso y, una década después, emprendían -no sin poco esfuerzo- la construcción de su propio establecimiento a orillas del lago Espejo. Escribe Yayo de Mendieta.
Este 2026 se cumple un siglo de uno de los acontecimientos que forman parte de la memoria de los primeros pobladores de Villa La Angostura: en 1926 don Guillermo Meier y su familia se establecieron en el antiguo Paraje Correntoso, varios años antes de la fundación oficial de la localidad, ocurrida el 15 de mayo de 1932 con la inauguración de la Oficina Radiotelegráfica.
La historia de los Meier está íntimamente vinculada con el nacimiento de la actividad turística en el norte del Parque Nacional Nahuel Huapi y, particularmente, con dos establecimientos que marcaron una época: el Hotel Correntoso y el Hotel Lago Espejo.
Precisamente en 1926 la familia se vincula al establecimiento del Hotel Correntoso de Primo Capraro. Fue cuando Meier asumió el alquiler del Hotel mediante un contrato que inicialmente se había establecido por dos temporadas.
Un inmigrante que había recorrido el mundo
Antes de llegar a este rincón de la Patagonia, la vida de Guillermo Meier había transitado por distintos países. De origen alemán, había conocido diversos lugares de Europa y América y probado suerte en Londres, Canadá, Estados Unidos —entre ellos Denver y Houston—, Brasil, Uruguay y Buenos Aires, antes de establecerse en la región del Nahuel Huapi.
Don Guillermo Meier había realizado el servicio militar en la Marina alemana y poseía conocimientos de mecánica y herrería, oficios que resultarían fundamentales para desenvolverse en una Patagonia donde buena parte de las soluciones debían surgir de las propias manos de los pobladores.
El Hotel Correntoso y los primeros turistas
Cuando los Meier llegaron a Correntoso, el turismo tenía características completamente diferentes a las actuales. Los visitantes arribaban después de extensos viajes y, una vez instalados, podían permanecer varias semanas.
El Hotel Correntoso había sido impulsado por Primo Capraro (establecimiento que había nacido como “la Pensión de Doña Rosa en 1917) y este inmigrante italiano fue uno de los personajes centrales del desarrollo económico de la región. Los Meier se hicieron cargo de su atención en una época en la que los servicios turísticos se complementaban con excursiones lacustres, pesca y recorridos por un territorio donde las comunicaciones terrestres todavía eran muy precarias.
Aquella experiencia hotelera sería decisiva. La familia acumuló conocimientos y también una clientela que, años después, acompañaría el nuevo emprendimiento que Guillermo y Dora Meier desarrollarían a orillas del lago Espejo.
Del Correntoso al sueño del Lago Espejo
Diez años después de su establecimiento en Correntoso, en 1936, Meier tomó la importante decisión de adquirir a Parques Nacionales unas dos hectáreas sobre la costa del lago Espejo para levantar su propio establecimiento turístico, en un lugar realmente paradisíaco.
La iniciativa coincidía con una política mucho más amplia de la entonces Dirección de Parques Nacionales. Bajo la conducción de Exequiel Bustillo, el organismo buscaba convertir a la región de Nahuel Huapi en un gran destino turístico, impulsando caminos, infraestructura y alojamientos. De esta manera se incentivaba a aquellos pioneros que querían desarrollar emprendimientos turísticos con un gran esfuerzo y apostando al turismo que, poco a poco, empezaba a crecer

Documentación histórica de la propia Dirección de Parques Nacionales muestra que el Estado promovió la hotelería mediante préstamos y otras herramientas destinadas a ampliar establecimientos existentes y construir nuevos hoteles. En aquel proceso aparecieron nombres que quedarían incorporados definitivamente a la historia regional, entre ellos Ruca Malén, además de otros establecimientos del área de Nahuel Huapi.
La construcción del Hotel Lago Espejo
El primer paso de los Meier fue levantar una vivienda próxima a la costa. Allí comenzaron a recibir visitantes hacia 1937. Un año después, en 1938, quedó consolidado el Hotel Espejo, establecimiento vinculado directamente con la política de desarrollo hotelero impulsada por Bustillo para complementar los grandes proyectos turísticos de Nahuel Huapi.
Nada resultaba sencillo.
La madera debía obtenerse y trasladarse, había que generar buena parte de la infraestructura y prácticamente todo dependía de la capacidad de los pobladores para resolver los problemas cotidianos. Los testimonios de Conrad Meier recuerdan que la familia instaló un aserradero, trasladó madera mediante jangadas por el lago y construyó embarcaciones utilizando motores europeos.
Guillermo Meier, con sus conocimientos de herrería y mecánica, encontraba allí un terreno natural para desarrollar sus habilidades.
Pero el emprendimiento familiar tuvo también una protagonista fundamental: Dora Meier, quien llevaba buena parte del funcionamiento cotidiano del hotel y además mantenía animales y una huerta de verduras y frutas finas destinadas al consumo de los huéspedes.
Lanchas, pesca, caballos y montañas
El Hotel Lago Espejo no ofrecía solamente alojamiento. Era, para los parámetros de aquellos años, un verdadero centro de actividades.
La familia contaba con las lanchas a motor “Albatros” y “Monte Olivia”, utilizadas, entre otras tareas, para atender a los pescadores. También se organizaban cabalgatas y ascensiones a las montañas, entre ellas excursiones hacia el cerro Campana.

Por el Hotel Espejo pasaron viajeros europeos y representantes diplomáticos. Conrad Meier recordaba, entre otros huéspedes, al cónsul británico y al embajador de Rumania, además de numerosos visitantes suizos, alemanes e ingleses. El establecimiento llegó a contar con 24 habitaciones entre el edificio principal y sus anexos.
La pesca era otro de los grandes atractivos, al igual que el incipiente esquí.
En 1934, los hermanos Meier participaron junto con José Diem y Otto Meiling en la construcción de un refugio en el cerro Dormilón, dentro de aquellos primeros intentos por fomentar el esquí de travesía en la región.
Verano de turistas, invierno de trabajo
La vida de los pioneros estaba marcada por las estaciones. Durante el verano, la familia concentraba sus esfuerzos en recibir y atender a los visitantes. Cuando terminaba la temporada turística, el trabajo continuaba alrededor del aserradero, la herrería, las embarcaciones y las tareas necesarias para sostener el establecimiento.
Era una economía familiar característica de aquella Patagonia: no existía una división tajante entre hotelería, producción y vida doméstica. La huerta proporcionaba alimentos; el bosque aportaba materiales; las embarcaciones permitían comunicarse y trasladar pasajeros; los caballos eran transporte y herramienta de trabajo.
El turismo que hoy constituye una de las principales actividades económicas de Villa La Angostura comenzaba entonces con emprendimientos familiares de estas características.
El final de una época
La familia Meier permaneció ligada al establecimiento hasta 1961, cuando la propiedad fue vendida a una congregación salesiana, que la destinó posteriormente a actividades y vacaciones de alumnos vinculados con instituciones de la orden.
Décadas después llegaría un episodio que modificó definitivamente aquel paisaje: en 1986 el antiguo edificio del hotel fue destruido por un incendio. Con posterioridad se levantó sobre sus cimientos una nueva construcción, actualmente de propiedad privada.
Sin embargo, quedaron las fotografías, documentos, registros de pasajeros y, sobre todo, los testimonios familiares. Archivos del Sur reunió buena parte de ese patrimonio y en 2024 se presentó en Villa La Angostura una publicación dedicada a la historia del Hotel Lago Espejo contada por Conrad Meier, preservando así los recuerdos de una familia estrechamente vinculada con los orígenes de la localidad.
Cien años después
Entre aquel Correntoso de 1926 y la Villa La Angostura de 2026 transcurrió exactamente un siglo.
Cambió la escala del pueblo, llegaron las rutas, los servicios, los grandes hoteles y miles de turistas. Sin embargo, algunos lugares todavía permiten reconstruir aquella etapa en la que establecerse en este rincón de la cordillera significaba comenzar prácticamente desde cero.
La historia de don Guillermo y Dora Meier y de sus hijos forma parte de esa primera generación de familias que no solamente habitó el territorio, sino que ayudó a desarrollar actividades que terminarían definiendo la identidad económica y turística de Villa La Angostura.
A cien años de esta hermosa historia de esta familia pionera del Paraje Correntoso, recordar a don Guillermo Meier es también volver sobre los años en que Villa La Angostura todavía no llevaba ese nombre y el turismo comenzaba a abrirse camino entre lagos, bosques, lanchas, caballos, aserraderos y pequeños hoteles levantados con el esfuerzo de sus propios pobladores.
Yayo de Mendieta
Villa La Angostura



