Después de un tiempo de haber escrito columnas sobre Villa La Angostura, regresar a este espacio en LA ANGOSTURA DIGITAL es también recuperar una parte de mi propia historia. El turismo, las empresas, las personas y la naturaleza fueron dando forma a una mirada sobre la hospitalidad que todavía hoy sigo profundizando. Por Juan Aubert.
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Retomar estas columnas tiene algo de reencuentro. Hace años tuve la oportunidad de compartir en LA ANGOSTURA DIGITAL historias, personajes, experiencias y algunas miradas sobre Villa La Angostura. Eran otros tiempos, aunque muchas de las preguntas que me acompañaban entonces siguen presentes.
Hoy regreso a este espacio desde otro lugar. Pasó el tiempo. Cambiaron las empresas, cambiaron las formas de viajar, cambió la manera de comunicarnos con quienes nos visitan y también cambió el turismo. Seguramente cambié yo.
Una escuela sin aulas
Hay lugares que uno visita y hay lugares que, con el tiempo, terminan enseñándole a mirar la vida de otra manera. Villa La Angostura fue eso para mí. Como les sucede a tantos otros, primero aparece el paisaje: los lagos, el bosque, las montañas y esa sensación particular que provoca llegar a este rincón de la Patagonia.
Pero detrás de esa postal existe otro paisaje, menos visible. Es el que construyen todos los días quienes trabajan para recibir a alguien que llega. Con los años comprendí que gran parte de mi formación en hospitalidad ocurrió aquí. No comenzó en un aula ni en un manual: se fue formando en el trabajo cotidiano, observando, equivocándome, preguntando, corrigiendo y empezando otra vez. Y, sobre todo, de la mano de las personas que fui encontrando.
Correntoso Lake & River Hotel ocupó un lugar decisivo en ese recorrido. Allí empecé desde una función sencilla, cercana al huésped, y fui descubriendo algo que después me acompañaría siempre: en hospitalidad, los pequeños gestos no son pequeños.
También fueron parte de ese recorrido Sol Arrayán Hotel & Spa; Puerto Sur —hoy El Muelle by DOT Boutique—; y, actualmente, Bahía Manzano Resort Club Vacacional, con sus resorts Manzano Resort y Montaña Resort. Cada etapa fue complementando, modelando y profundizando mi mirada sobre la gestión hotelera y el turismo, tanto en Villa La Angostura como en la Argentina.
Los detalles que permanecen
Una puerta que se abre a tiempo, una habitación preparada con cuidado, una pregunta bien hecha, recordar un nombre o advertir una necesidad antes de que sea expresada pueden cambiar por completo la experiencia de una persona.
Después llegaron nuevas responsabilidades, otros equipos y otros desafíos dentro de la actividad turística de Villa La Angostura. Cada empresa tenía su cultura, sus fortalezas y también sus dificultades. Cada una dejó algo en mí. Entendí que el servicio no se construye solamente con procedimientos; se construye con personas que comprenden para qué hacen lo que hacen.
Del servicio al liderazgo
También tuve que aprender a liderar. Para mí, eso nunca significó tener todas las respuestas. Muchas veces implicó escuchar, confiar, corregir, acompañar y volver a intentarlo. Los equipos me enseñaron tanto como cualquier curso. Me mostraron que una buena idea solo se vuelve realidad cuando alguien logra compartirla, darle sentido y hacer que otros también quieran cuidarla.
Nada de ese recorrido fue automático. Hubo oportunidades, claro, pero también una actitud personal frente a ellas: observar, preguntar, equivocarme, revisar y seguir creciendo. Con el tiempo comprendí que la experiencia no consiste únicamente en acumular años, sino en mantener la disposición para incorporar lo que cada situación puede enseñarnos.
Cuando apareció el bosque
Esa disposición fue abriendo otras puertas. La hospitalidad me llevó a interesarme cada vez más por la experiencia humana; y la vida en este entorno extraordinario me acercó de otra manera a la naturaleza. Así aparecieron nuevos caminos: los baños de bosque, la marcha nórdica, los paseos sensoriales y una mirada sobre el bienestar que hoy forma parte de mi trabajo.
A primera vista podrían parecer mundos diferentes: un hotel, un equipo de trabajo, un sendero entre coihues, una caminata consciente. Para mí, sin embargo, están profundamente unidos. Todos tienen que ver con recibir. Recibir a una persona, recibir una historia, recibir un paisaje, recibir lo que el otro necesita y, también, aprender a recibir lo que el lugar tiene para enseñarnos.
Seguir aprendiendo a recibir
De esa trayectoria nació Anfitriones. No como una ruptura con lo anterior, sino como una consecuencia. Allí convergen muchas dimensiones de mi camino: hospitalidad, liderazgo, naturaleza, bienestar, observación, escucha y cultura del detalle. Es una nueva etapa de la misma búsqueda.
Cuando miro hacia atrás, no veo solamente puestos de trabajo, empresas o funciones. Veo personas, conversaciones, errores, aciertos, huéspedes, compañeros, líderes, bosques, senderos y muchas oportunidades de crecer. Todo eso fue construyendo mi forma de comprender el servicio y también de mirar la vida profesional.
Villa La Angostura no fue solamente el escenario de mi vida profesional. Fue y sigue siendo una enorme escuela. Y quizás una de sus enseñanzas más importantes haya sido esta: antes de recibir a otros, uno también tiene que estar dispuesto a dejarse transformar por los lugares, las personas y las experiencias que va encontrando en el camino.
Juan Aubert
Fundador de Anfitriones®



